“Nasty Baby” usa el realismo más puro para hablarnos de la violencia invisible

Un chico con acento latino recibe en su piso, típico escenario brooklinense, al dueño de una galería de arte. Tras una breve conversación sobre las plantas que decoran la luminosa cocina, le explica que su nuevo trabajo será un vídeo donde él, artista en su treintena, imitará los movimientos de un bebé. La obra, Nasty Baby, da nombre a la última película del director chileno Sebastián Silva, presentada esta semana en el Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona.

La obra de nuestro protagonista nace de sus emociones y reflexiones respecto a su situación. Él, Freddy, artista gay que vive en Brooklyn con su pareja, está intentando “hacer un niño” con su mejor amiga, Polly, interpretada a la perfección por Kristen Wiig. Pero el esperma de Freddy no es lo suficientemente bueno y es su pareja, Mo (Tunde Adebimpe), quien acaba ayudando a Polly en su proceso de ser madre, no sin antes pasar por un proceso de duda y aceptación resignada. En paralelo a su situación, también evoluciona la obra de Freddy, que acaba incluyendo a su círculo de amigos en un proyecto que empezaba en solitario.

Silva escribió, dirigió y protagonizó esta película en la que los personajes se nos presentan de la forma más real posible, con una infinidad de matices en cada uno de ellos. Jóvenes alternativos en un Brooklyn que, al ponerse de moda, tiene que lidiar con las diferencias entre los antiguos vecinos del barrio, algunos de los cuales se resisten a abandonarlo, y los nuevos inquilinos, con más poder adquisitivo y más exigencias. Una situación que el espectador va imaginándose a lo largo de la película, augurando que algo está por venir, aunque sin saber muy bien por dónde le llevará la mirada de Silva.

El conflicto llega tarde, cuando ya queremos a Freddy, Mo y Polly, cuando hemos llegado a entenderles y a imaginarnos a nosotros mismos o a ese amigo nuestro en la pasividad de Mo o los momentáneos ataques de rabia de Freddy. El conflicto llega y toma al espectador por sorpresa, le vuelve el mundo al revés y le conquista incluso más de lo que lo había hecho hasta el momento. Todo lo que habíamos pensado sobre estos personajes se nos pone un poco en duda y nos encontramos debatiendo cuestiones morales con nosotros mismos. Esenciales para este conflicto son los molestos vecinos The Bishop (el Obispo) y su pareja, encarnados por Reg E. Cathey y Constance Shulman, a los que recientemente hemos visto en House of Cards y Orange is the New Black, respectivamente.

El realismo de la película aumenta con la multiculturalidad que nos presenta. La diversidad neoyorkina más real se transmite con una multitud de culturas y de acentos –incluso escuchamos en numerosas ocasiones un español muy chileno en las conversaciones entre Freddy y hermano Chino (Agustín Silva), algo sorprendente en un filme de producción americana rodado en inglés.

Al final, lo que en un principio parecía ser unos de los elementos principales de la película, la obra Nasty Baby, se convierte en una simple anécdota que deja paso al naturalismo de Freddy, Mo, y Polly y a su mundo puesto patas arriba por un cúmulo de acciones fortuitas que perseguirán al espectador durante días.